Soy Nicolás y seré tu guía de paso
Desde que tengo memoria, siempre me estuve buscando. Crecí en un hogar amoroso pero muy conservador, donde mi naturaleza libre y sensible a veces no sintonizaba con el radar de mis padres. Con un hijo rebelde, artista y “mamagallista” como yo, supieron más de corregir que de acompañar. Y así crecí con la certeza de que ser yo mismo no era del todo seguro.
Como el tercero de cuatro hermanos, entendí rápido que para ser visto había que ganar. Entonces me armé de un espíritu feroz de competencia: si no podía ser el mejor en el colegio, entonces sería el goleador, el que mejor pintaba, el que mejor cantaba, el más chistoso, el más popular. En mi casa, además, el valor supremo era la lucha, había que ser un guerrero. Esa combinación de competencia hacia afuera y aguante hacia adentro se convirtió en mi gasolina y, años después, en mi jaula.
A los 21 años, la fiesta se salió de control. Acorralado por los traumas del pasado y la presión ante un futuro que veía negro, tomé una decisión: pasara lo que pasara, iba a seguir el camino de las letras y la música. Fue mi primera decisión realmente soberana y la que desde entonces ha sostenido los 23 años que llevo sin tomar alcohol.
Lo que vino después fue hermoso. Fui editor de revistas culturales, periodista musical, director de medios alternativos. Una década viajando, entrevistando a mis ídolos, escribiendo sobre las bandas y los discos que le estaban dando forma a mi generación. Pero cuando la industria editorial colapsó, tuve que soltar lo que amaba antes de estar listo. Un duelo profesional que nunca elaboré del todo en su momento.
Pero la vida seguía, ¿no? Entonces hace 10 años me reinventé como cofundador de Camino y Mutante: creamos la primera agencia colombiana 100% enfocada en el sector social y un concepto periodístico nunca antes visto en el mundo. Proyectos ambiciosos, causas urgentes, equipos cada vez más grandes, plataformas, campañas, documentales, podcasts, aliados y clientes internacionales… todo in crescendo y yo: totalmente fuera de lugar. Se me escapaba la vida en Google Calendar. Mi personaje de director ocupaba todo el espacio mientras yo apenas podía respirar.
Durante todos estos años sostuve una doble vida: mientras de día creaba estos proyectos “brillantes”, de noche —o más bien, en el trasnocho— creaba La MiniTK del Miedo o Ezmeralda, proyectos de música experimental con los que tocaba en Latinoamérica, USA y Europa, era reseñado en Pitchfork y ambientaba desfiles de Loewe en París. Un sueño que no lograba habitar. Porque me sentía un impostor. Porque mi energía vital se me iba sosteniendo al personaje que yo creía que me sostenía, mientras yo mismo me negaba el derecho a existir a plena luz como el artista que soy. Seguía atrapado en una lógica que durante años no lograba ver con claridad: creyendo que mi valor dependía de ese personaje que había inventado para hacer sentir orgullosos a mis papás.
Naturalmente, mi cuerpo gritó. Creció el estrés, el insomnio y un perfeccionismo tan jodido que se volvió bloqueo creativo. Dejé de escribir. Dejé de hacer música. Me volví irritable, un compañero de trabajo insoportable. Y luego, con la pandemia, vinieron un dolor de espalda crónico y ataques de ansiedad diarios que me paralizaban del susto. Me aislé de todo. Solo trabajaba. Me convertí en una máquina de cerrar proyectos mientras por dentro naufragaba.
Me tomó años volver.
Y sin embargo, siempre busqué ayuda. Mi curiosidad se volcó hacia adentro y cada crisis se volvió un aprendizaje: por cada ataque de ansiedad, aprendí una técnica de regulación nerviosa; por cada brote de dolor, una rutina somática. Durante todo este tiempo trabajé mis dolores y mis sombras a través de incontables sesiones de psicoterapia y EMDR; hice retiros de meditación y cursos de mindfulness; cursé programas para regular el sistema nervioso y resetear el nervio vago; por supuesto también hice el debido semestre de microdosis, psicodelia y plantas de poder. Me apasioné a fondo por la ciencia y la práctica de estos procesos hasta que, finalmente, logré recuperar el control de mi cuerpo y reescribir mi historia desde un lugar soberano. Entendí que el personaje exitoso era alguien que había adoptado para sentirme amado. Comprendí que no quería seguir usando mi talento como moneda de cambio para ser validado. Que no había que aguantar nada. Que el valor que buscaba afuera debía dármelo yo mismo, dejando de traicionar mi naturaleza para cumplir expectativas ajenas, reclamando mi derecho a ser, simplemente, un hombre imperfecto que se esfuerza por vivir desde su verdad.
Ya estaba listo para dar el paso.
Hace casi un año renuncié a un cargo de director ejecutivo después de haberlo dado todo durante los últimos 15 años. Me fui agradecido por el camino recorrido y orgulloso de todo lo logrado, reconociendo el valor de cada proyecto y de cada persona con la que trabajé. Al hacerlo, le dije adiós para siempre a una carrera y a la seguridad que trae, consciente de los riesgos, sobre todo financieros, que esto implica en el mundo actual. Pero no fue un salto al vacío: fue una elección fiel a mí, fiel a mi historia y a lo que esta significaba para todo lo que vendría en adelante.
Porque, además, ya contaba con un mapa: la ruta de ida y vuelta de un territorio que recorrí durante más de una década y que me enseñó que lo que me correspondía ahora era ayudar a otros a cruzarlo.
Porque en ese largo camino descubrí algo fundamental: que no existen guías para este cruce. Para el tránsito entre quien has tenido que ser para sobrevivir hasta hoy a nivel profesional y quien reclama comenzar a ser. Ese que te habla desde el fondo de tu infancia y de tu cuerpo, ese cuerpo que se tensa, que te duele, que te ahoga, que te amarra. Ese que se queda en el trabajo que lo destruye. Ese que se confunde con un cargo. Ese que alcanza el éxito a cambio de su propio sacrificio. Ese que construye un imperio para otros mientras se deja abandonado en un sótano. Ese que tiene la energía creativa atrapada, secuestrada por alguna fuerza misteriosa que lo supera. Yo pasé años descifrando estos códigos en soledad, y mis crisis fueron la iniciación necesaria para crear el rol que no encontré cuando más lo necesitaba.
Por eso creé El Umbral. Para que no tengas que caminar esto solo, con miedo, con estrés, con dolor y confusión. Para que, de mi mano, puedas hacer en meses lo que yo hice a tientas en una década. Lo creé para acompañarte a reclamar lo que siempre fue tuyo: el derecho a diseñar una vida que sientas propia, a atender tu llamado y a darte el permiso de existir como tu obra. Porque no te ofrezco una teoría ni un programa, te ofrezco una guía para el cruce. Porque yo ya estuve ahí, conozco las señales y las trampas, pero sobre todo, sé que del otro lado está un tesoro que ni el cargo más exitoso del mundo puede darte: el reencuentro contigo mismo.
El retorno a tu verdad.
Nací en Bogotá hace 44 años. Actualmente combino mi oficio como facilitador de El Umbral con mi práctica artística como ezmeralda.